viernes, 23 de abril de 2010

Día del libro

Copiando literalmente de la wikipedia, "El Día Internacional del Libro es una conmemoración celebrada a nivel internacional con el objetivo de fomentar la lectura, la industria editorial y la protección de la propiedad intelectual por medio del derecho de autor", y sabiendo esto, quizá a mucha gente se le hayan quitado las ganas de celebrarlo.

El día de hoy coincide con la muerte de Cervantes y Shakespeare, que fue uno de los motivos que impulso a elegir esta fecha.

Curiosamente, de estos dos autores, solo tengo un libro de Cervantes en mi casa, en concreto, tengo El Quijote, como tanta gente, adornando en la estantería. Lo leeré, lo prometo, pero antes tengo que acabar unos cuantos.

De Shakespeare, he leído mucho más, Romeo y Julieta, Hamlet, Otelo, El rey Lear, Macbeth, Julio César, y creo que Antonio y Cleopatra. Puede que incluso alguno más. Curiosamente no poseo ningún libro suyo. Una amiga mía tenía una colección de las obras completas de varios autores, y a mí me dio por el inglés. Supongo que la responsabilidad de devolver algo que no era mío, me hizo leerlos más rápido. Dudo también, que nadie de aquella familia hiciese un uso más intensivo de aquella biblioteca que yo.

A mi me surge la pregunta, ¿se puede fomentar el mismo día, la lectura, la industria editorial y los derechos de autor? ¿Poseer libros es igual que leerlos?

Hace un tiempo, antes de la crisis, en un programa de radio de estos subversivos que escucho, y en los que a veces, hasta tienen la desfachatez de hablar de libros, le preguntaban a un escritor sobre la situación de los autores, ya que en ese momento, la venta de libros había alcanzado un punto álgido. Recuero que él respondió algo así como 'Si se lee, a la literatura le va bien, si se venden libros, a los libreros les va bien, y pase lo que pase, a los escritores les va mal'.

Creo en los derechos de autor, y en que deberían ser para los autores. Pero no en cómo se gestionan. A Cervantes y Shakespeare no les queda más derecho que el de ser leídos. Los derechos de autor pertenecen a los autores, y deberían morir con ellos. Y no deberían ser transferibles, y mucho menos a grandes entidades, como las industrias editoriales o discográficas, que no tienen un verdadero interés en la cultura o en fomentar la lectura, si no que están ahí, como todas las industrias, por otra parte, para hacer dinero.

Todos sabemos, que pase lo que pase, y venda lo que se venda, excepto para unos pocos afortunados, que siempre vender por millares, los autores reciben una parte ridícula de los beneficios que genera su obra.

Internet, y el libro electrónico, posibilitará que cada uno, pueda vender sus propios libros, e incluso ya ahora mismo, plataformas que dan gran parte del dinero que paga el lector a sus autores. Con el tiempo, la industria editorial de papel podrá ser obviada, y la relación entre autor y lector más cercana.

Toda esta lucha entre las industrias y sus clientes - sé que lucha suena raro, pero en el negocio cultural parecer ser el único en el que el cliente no siempre tiene la razón-, acabarán por ganarla los clientes, que son en realidad los que tienen la pasta -por eso siempre tienen la razón-, y hacen con ella lo que quieren, y solo sobrevivirán aquellos productores, como ha pasado siempre, que sepan adaptarse a los tiempos y ofrezcan a sus clientes lo que ellos quieran.

A los que quieren frenar el cambio. Al final ganaremos, y vosotros desapareceréis, es inevitable, y si no, tiempo al tiempo.

martes, 20 de abril de 2010

Una kalashnikov y un lexatin

No sé si por desarraigo, por predisposición genética, por el entorno social, o simplemente por encajar, a veces me siento desanimado, triste, lo que probablemente muchos llamarían, creo que con demasiada ligereza, deprimido.

Sin encontrar un término medio paso de no querer hacer nada, a querer coger un kalashnikov y arreglar el mundo a la fuerza. Obligarlo a mejorar.

Desanimado o iracundo. Siempre de mal humor.

Quizá para anestesiar esta situación muchos acudirían al siquiatra, a por su dosis de inhibidores de la serotonina. Los más sensatos, se darían al alcohol. Que no necesita receta. Y aunque es una posibilidad que me he planteado, no puedo permitirme tanta borrachera, ni económicamente (extrañamente, no me gustan demasiado los vinos baratos), ni socialmente, ya que haría daño a mucha gente que me quiere -bueno, no tanta, aunque la calidad compensa la escasez-, y a la que, lo que es peor, yo también quiero (aunque tampoco pienso hacerme abstemio).

La otra opción es la más honrosa. Ponerme manos a la obra, y deshacerme de aquello que tanto me disgusta. Y que creo que tanto nos perjudica a todos. Sacar la basura, vamos. Pero no es nada fácil conseguir un rifle y el club de los inútiles, gorrones, corruptos y gilipoyas es demasiado grande. Estamos ante el mismo problema que el alcohol. No me lo puedo permitir. Simplemente no hay balas para todos.

Pero como esto habrá que superarlo de alguna manera, he decidido recurrir a lo que ya me ha funcionado alguna que otra vez. Escribir. Escuchar (buena, según mi percepción) música. Releer el arte de la guerra. Pero sobre todo escribir.

Para eso está este blog. Necesito confesarme. Y como no sé cómo funciona con los curas, lo haré ante vosotros.

Empezaré por el principio. Estoy frustrado. De ahí nacen mi irá y mi desánimo. No soy el tipo que me imagine que sería. Así que en vez de seguir culpando al mundo, y de quedarme gritándole que no me gusta, he decidido hacer algo. Cambiar. Cambiar yo, y en la medida que pueda, lo que me rodea.

Últimamente me he dado cuenta de que me paso demasiado tiempo a saltos entre la ira y el desánimo. Sin embargo, si tengo que saltar de una a otra, quizá sea porque haya algo en medio. Así que la próxima vez intentaré caminar de una a otra.

Desarmado y sin antidepresivos. Así he decidido pasar mis días. Al menos por ahora.

Es posible que si alguien se siente así, y prefiera leer que escribir, es decir, que no sea tan egocéntrico como yo, este blog le sirva tanto o más que a mí.

Un saludo a todos.